Creemos que él no solo creó todas las cosas, sino que las gobierna y dirige, disponiendo y ordenando por su voluntad soberana todo cuanto sucede en el mundo; no que él sea autor del mal, ni que se le pueda imputar su culpa, pues su voluntad es la regla soberana e infalible de todo derecho y justicia; sino que tiene medios admirables para servirse de tal modo de los demonios y de los pecadores, que puede convertir en bien el mal que ellos hacen, y del cual son culpables. Y así, confesando que la providencia de Dios ordena todas las cosas, nos inclinamos humildemente ante los secretos que nos están ocultos, sin cuestionar lo que está por encima de nuestro entendimiento, sino más bien haciendo uso de lo que nos ha sido revelado en la Sagrada Escritura para nuestra paz y seguridad, en cuanto Dios, que tiene todas las cosas sujetas a él, vela por nosotros con cuidado de Padre, de modo que ni un cabello de nuestra cabeza caerá sin su voluntad. Y, sin embargo, él refrena a los demonios y a todos nuestros enemigos, de modo que no pueden dañarnos sin su permiso.