Así sostenemos que el agua, siendo un elemento débil, nos testifica, con todo, en verdad, la limpieza interior de nuestras almas en la sangre de Jesucristo por la eficacia de su Espíritu, y que el pan y el vino que se nos dan en el sacramento sirven para nuestro alimento espiritual, en cuanto muestran, a nuestra vista, que el cuerpo de Cristo es nuestro sustento, y su sangre nuestra bebida. Y rechazamos a los entusiastas y sacramentarios que no quieren recibir tales señales y marcas, aunque nuestro Salvador dijo: «Esto es mi cuerpo, y esta copa es mi sangre».