Confesamos que la Cena del Señor, que es el segundo sacramento, es un testimonio de la unión que tenemos con Cristo, en cuanto que él no solo murió y resucitó por nosotros una vez, sino que también nos alimenta y nos nutre verdaderamente con su carne y su sangre, para que seamos uno en él, y para que nuestra vida sea en común con la suya. Aunque él esté en el cielo hasta que venga a juzgar a toda la tierra, creemos, sin embargo, que por el poder secreto e incomprensible de su Espíritu nos alimenta y nos fortalece con la sustancia de su cuerpo y de su sangre. Sostenemos que esto se hace espiritualmente, no porque pongamos la imaginación y la fantasía en el lugar del hecho y la verdad, sino porque la grandeza de este misterio excede la medida de nuestros sentidos y las leyes de la naturaleza. En suma, porque es celestial, solo puede ser aprehendido por la fe.