Creemos que nadie debe tomar sobre sí el gobierno de la Iglesia por su propia autoridad, sino que este debe proceder de la elección, en cuanto sea posible y Dios lo permita. Y hacemos esta excepción especialmente porque, algunas veces, e incluso en nuestros días, cuando el estado de la Iglesia ha sido interrumpido, ha sido necesario que Dios levantara hombres de manera extraordinaria para restaurar la Iglesia que estaba en ruina y desolación. Pero, no obstante, creemos que esta regla debe permanecer siempre válida: que todos los pastores, supervisores y diáconos deben tener evidencia de haber sido llamados a su oficio.