Creemos que por esta fe somos regenerados en novedad de vida, siendo por naturaleza sujetos al pecado. Ahora bien, recibimos por la fe la gracia de vivir santamente y en el temor de Dios, aceptando la promesa que se nos da por el evangelio, a saber: que Dios nos dará su Espíritu Santo. Esta fe no solo no nos impide vivir santamente ni nos aparta del amor a la justicia, sino que necesariamente engendra en nosotros toda buena obra. Además, aunque Dios obra en nosotros para nuestra salvación, y renueva nuestro corazón, determinándonos a lo que es bueno, confesamos, sin embargo, que las buenas obras que hacemos proceden de su Espíritu, y no pueden contarse para nuestra justificación, ni nos dan derecho a la adopción de hijos, pues siempre estaríamos dudando e inquietos en nuestros corazones, si no descansáramos en la expiación por la cual Jesucristo nos ha absuelto.