Creemos que de esta corrupción y condenación general en que todos los hombres están sumidos, Dios, conforme a su consejo eterno e inmutable, llama a aquellos que ha escogido, por su sola bondad y misericordia, en nuestro Señor Jesucristo, sin consideración de sus obras, para mostrar en ellos las riquezas de su misericordia; dejando a los demás en esta misma corrupción y condenación para mostrar en ellos su justicia. Porque los unos no son mejores que los otros, hasta que Dios los distingue conforme a su propósito inmutable, que él ha determinado en Jesucristo antes de la creación del mundo. Ni puede ningún hombre alcanzar tal galardón por su propia virtud, pues por naturaleza no podemos tener un solo buen sentimiento, afecto o pensamiento, si Dios no lo ha puesto antes en nuestro corazón.