Queremos dar a Cristo lo que es de Él y a toda la autoridad legal lo que le merece, y no deber nada a nadie menos el amor; vivir en tranquilidad y pacíficamente, como es digno de un santo, esforzándonos en todo a mantener una buena conciencia; y responder a todo hombre como queremos ser también respondidos. Nuestra práctica comprueba que somos un pueblo inofensivo, tranquilo (no presentamos peligro y causamos molestias a la sociedad humana). Laboramos y trabajamos con nuestras manos, para que nadie nos acuse, sino que damos al que tiene necesidad, tanto a enemigos como a amigos, tomando en cuenta que es mejor dar que recibir. Reconocemos que solo sabemos en parte, y que desconocemos muchas cosas que quisiéramos y buscamos conocer, y si alguien no nos comprende, debemos dar las gracias a Dios y a ellos. Pero si alguno nos requiere cualquier cosa no mandada por nuestro Señor Jesucristo, debemos mejor soportar reproches y torturas de los hombres, y perder las comodidades físicas, y si es menester, morir mil veces, que hacer cualquier cosa que va contra nuestra propia consciencia. Y si alguien llama herejía a lo que hemos dicho, entonces con el Apóstol reconocemos que según lo que llamen herejía, adoramos al Dios de nuestros Padres, desechando toda verdadera herejía, porque está en contra de Cristo, y quedamos firmes, inmovibles, siempre abundando en obediencia a Cristo, sabiendo que nuestro labor no será vano en el Señor.
1 Cor. 1:24.
No es que tengamos dominio sobre su fe, pero ayuda a su gozo: porque por fe permanecemos.
Sal. 74:21, 22.
Levántate, oh Dios, aboga tu causa; Acuérdate de cómo el insensato te injuria cada día. No vuelva avergonzado el abatido; El afligido y el menesteroso alabarán tu nombre.
Ven, Señor Jesús, ven pronto.