A esta Iglesia Cristo hizo sus promesas y a ella presentó las señales de su Pacto, su presencia, amor, bendición y protección. Aquí se encuentran todas las fuentes y manantiales de su Gracia celestial que continuamente fluyen. A la Iglesia deben todos los hombres venir, de toda clase, para confesar a Cristo como su Profeta, Sacerdote y Rey y para ser enrollados entre los siervos de la Casa, para estar bajo su gobierno, y para vivir dentro del redil, dentro del jardín regado, para tener aquí comunión con los santos, y para ser participantes de la herencia en el Reino de Dios.
Mat. 28:18-20; 2 Cor. 6:18; Isa. 8:16; 1 Tim. 3:15; 4:16; 6:3, 5; Hch. 2:41,47; Cant. 4:12; Gén. 6:10; Efe. 2:19.