Afirmamos que aquellos que nacen con un desorden físico de desarrollo sexual están creados a imagen de Dios y poseen dignidad y valor tal como todos los demás que llevan dicha imagen. Ellos son reconocidos por nuestro Señor Jesús en sus palabras acerca de los «eunucos que nacieron así desde el vientre de la madre». Con todos los demás, ellos son bienvenidos como fieles seguidores de Jesús y deberían aceptar su sexo biológico en la medida que este se pueda conocer.
Negamos que las ambigüedades relacionadas con el sexo biológico de una persona la incapaciten para vivir una vida fructífera en alegre obediencia a Cristo.