Afirmamos que la inspiración, estrictamente hablando, solo se aplica a los textos autográficos de la Escritura, los cuales, por la providencia de Dios, pueden verificarse con enorme precisión a partir de los manuscritos disponibles. Afirmamos, además, que las copias y traducciones de la Escritura son la Palabra de Dios en la medida que representen fielmente al original.
Negamos que algún elemento esencial de la fe cristiana sea afectado por la ausencia de los autógrafos. Negamos, además, que a causa de esta ausencia la afirmación de la inerrancia bíblica resulte inválida o irrelevante.