Afirmamos la unidad, la armonía y la consistencia de la Escritura, y declaramos que ella es su propio mejor intérprete.
Negamos que la Escritura pueda interpretarse de tal manera que se sugiera que un pasaje corrige o milita en contra de otro. Negamos que los escritores bíblicos posteriores interpretaran erróneamente pasajes bíblicos anteriores al citarlos o referirse a ellos.