Afirmamos que la inspiración, si bien no confiere omnisciencia, garantizó una enunciación veraz y confiable sobre todos los asuntos de los cuales los autores bíblicos fueron impulsados a hablar y escribir.

Negamos que la finitud o el estado caído de estos escritores, necesariamente o por cualquier otro motivo, introdujeran alguna distorsión o falsedad en la Palabra de Dios.