Hoy día, las iglesias evangélicas se encuentran crecientemente dominadas por el espíritu de esta era en lugar de serlo por el Espíritu de Cristo. Como evangélicos, somos llamados a que nos arrepintamos de este pecado y que recobremos la fe cristiana histórica.

En el curso de la historia las palabras cambian. En nuestro día esto ha sucedido con la palabra “evangélico”. En el pasado sirvió como un lazo de unión entre cristianos de una variada diversidad de tradiciones eclesiales. El pueblo evangélico histórico era confesante. Profesó las verdades esenciales del cristianismo tal y como fueron definidas por los grandes concilios ecuménicos de la iglesia. Además, los evangélicos comparten también una herencia común en las “solas” de la Reforma Protestante del siglo dieciséis.

Hoy, la luz de la Reforma se ha oscurecido de una manera significativa. La consecuencia es que la palabra “evangélico” se ha hecho tan inclusiva al punto de haber perdido su significado. Encaramos el peligro de perder la unidad que llevó siglos para obtener. Por causa de esta crisis y por causa de nuestro amor a Cristo, su evangelio y su iglesia, nos esforzamos por afirmar de nuestro compromiso con las verdades centrales de la Reforma y del pueblo evangélico histórico. Estas verdades las afirmamos no por su papel que poseen en nuestras tradiciones, sino porque creemos que son centrales en la Biblia.