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De esta manera: en conformidad al mandamiento de Cristo, a todos y cada uno de los creyentes se les declara y testifica públicamente que en el instante en que reciben la promesa del Evangelio por medio de la fe verdadera, Dios realmente les perdona todos los pecados por causa de los méritos de Cristo. Por el contrario, a todos los incrédulos e hipócritas se les declara y testifica que están expuestos a la ira de Dios y a la condenación eterna mientras sigan sin convertirse, y que Dios los juzgará tanto en esta vida como en la por venir según este testimonio del Evangelio.