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De esta manera: Cristo me mandó a mí y a todos los creyentes a comer de este pan partido y a beber de esta copa en memoria de Él, añadiendo las siguientes promesas: en primer lugar, que el hecho de que Su cuerpo fue ofrecido y partido en la cruz por mí y de que Su sangre fue vertida por mí es tan cierto como que yo veo con mis propios ojos que el pan del Señor es partido para mí y que la copa me es dada a mí. En segundo lugar, que el hecho de que Él mismo alimenta y nutre mi alma para vida eterna con Su cuerpo crucificado y Su sangre vertida es tan cierto como que yo recibo el pan y la copa del Señor de las manos del ministro y los saboreo con la boca, como señales certeras del cuerpo y la sangre de Cristo.