
Dios habla de esta forma por una gran razón: no solo porque Él quiere enseñarnos que así como la suciedad del cuerpo es limpiada por el agua, también nuestros pecados son removidos por la sangre y el Espíritu de Jesucristo, sino especialmente porque, a través de esta señal y garantía divina, quiere además asegurarnos que el hecho de que somos limpiados espiritualmente de nuestros pecados es tan real como que el agua limpia nuestro exterior.