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Que Cristo, durante toda Su vida en la tierra, pero especialmente al fin de ella, soportó en cuerpo y alma la ira de Dios contra los pecados de toda la raza humana, para que así, por Su pasión como el único sacrificio propiciatorio, pudiera redimir nuestro cuerpo y alma de la maldición eterna, y obtener para nosotros el favor de Dios, la justicia y la vida eterna.