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Que no dé falso testimonio contra ninguna persona ni falsifique las palabras de nadie; que no sea calumniador ni difamador; que no juzgue a ningún hombre precipitadamente o sin oírlo, ni que me una a los que así lo condenan. Más bien, que evite toda clase de mentiras y engaños, considerándolos obras propias del diablo, a menos que quiera traer sobre mí el gran peso de la ira de Dios. Se requiere también que en el juicio y en todas las cosas yo ame la verdad, la hable íntegramente y la confiese, y que defienda y promueva el honor y el buen carácter de mi prójimo tanto como pueda.