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Dios no solo prohíbe los robos y hurtos que el magistrado puede castigar, sino que Él también llama hurto a todos los engaños y artilugios impíos por los que planeamos apropiarnos de los bienes que le pertenecen a nuestro prójimo, sea a la fuerza o bajo la apariencia de actuar correctamente. Esto último es lo que ocurre en el caso de las pesas y medidas adulteradas, la mercancía fraudulenta, las monedas falsas, la usura y cualquier otra cosa prohibida por Dios. Además, se prohíbe toda codicia y el abuso y despilfarro de los dones que Él nos da.