Afirmamos la doctrina de la santificación, que Dios, por el poder del Espíritu Santo, sobre la base de la obra de Jesucristo, nos liberta del poder reinante del pecado, nos aparta, y nos hace santos conformándonos más y más a la imagen de su Hijo. Afirmamos que la santificación es una obra de la gracia de Dios y está inseparablemente unida a la justificación, si bien es distinta a la justificación. Afirmamos que en esta obra divina de santificación no somos meramente pasivos, sino que somos responsables de dedicarnos a los medios de gracia designados en nuestro esfuerzo continuo por morir al pecado y vivir en obediencia al Señor.1

Negamos que una persona sea justificada sin producir inmediatamente el fruto de la unión con Jesucristo en santificación. Negamos que nuestras buenas obras, si bien son aceptables ante Dios en Jesucristo, ameriten la justificación. Negamos que en esta vida vaya a cesar nuestra lucha con el pecado que reside en nosotros, si bien el pecado no tiene dominio sobre nosotros.

Footnotes

  1. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales. En él, Dios nos escogió antes de la fundación del mundo, para que en su presencia seamos santos e intachables» (Ef. 1:3–4). Ver también Jn. 17:17; Hch. 20:32; Ro. 6:5–6, 14; 8:13; 1 Co. 6:11; 2 Co. 7:1; Gá. 5:24; Ef. 3:16–19; 4:23–24; Fil. 3:10; Col. 1:10–11; 2 Ts. 2:13; Heb. 12:14. ↩