Afirmamos la obediencia activa y pasiva de Jesucristo, que en su vida perfecta él cumplió cabalmente las justas exigencias de la ley en nuestro lugar, y que él sufrió el castigo de nuestro pecado mediante su muerte en la cruz.1
Negamos que en algún punto Jesucristo haya fallado en la obediencia o el cumplimiento de la ley de Dios. Negamos que él haya abolido la ley moral.