Afirmamos que, como verdaderamente hombre, en su estado de humillación Jesucristo poseyó todas las limitaciones naturales y las debilidades comunes a la naturaleza humana. Afirmamos que él fue hecho como nosotros en todos los aspectos, pero no tuvo pecado.1

Negamos que Jesucristo haya pecado. Negamos que Jesucristo no experimentara verdaderamente el sufrimiento, la tentación, y la adversidad. Negamos que el pecado sea inherente a la verdadera humanidad o que la impecabilidad de Jesucristo sea incompatible con el hecho de que él es verdaderamente humano.

Footnotes

  1. «Por eso le era necesario ser semejante a sus hermanos en todo: para que llegara a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiara los pecados del pueblo. Puesto que él mismo sufrió la tentación, es poderoso para ayudar a los que son tentados» (Heb. 2:17–18). Ver también Mi. 5:2; Lc. 2:52; Ro. 8:3; Gá. 4:4; Fil. 2:5–8; Heb. 7:15. ↩