Afirmamos, con los Credos de Nicea y de Calcedonia, que Jesucristo es a la vez verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, dos naturalezas unidas en una persona para siempre.1

Negamos que el Hijo fuera creado. Negamos que haya habido un tiempo cuando el Hijo no era divino. Negamos que el cuerpo y el alma humanos de Jesucristo existieran antes de la encarnación del Hijo en la historia.

Footnotes

  1. «Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9). Ver también Lc. 1:35; Jn. 10:30; Ro. 9:5; 1 Ti. 3:16; 1 P. 3:18. ↩