Afirmamos que en la unidad de la Divinidad el Hijo eternamente engendrado es consubstancial (homoousios), igual y coeterno con el Padre y el Espíritu Santo.1
Negamos que el Hijo sea meramente como Dios (homoiousios) o que simplemente fuera adoptado por el Padre como su Hijo. Negamos la subordinación eterna del Hijo al Padre en la Trinidad ontológica.