Confesión Belga (1561), Art. 1
Confesión Belga, Art. 1
Creemos con el corazón y confesamos con la boca que hay un solo y simple Ser espiritual, al cual llamamos Dios; y que Él es eterno, incomprensible, invisible, inmutable, infinito, todopoderoso, perfectamente sabio, justo, bueno, y la fuente inagotable de todo bien.
Lo hermoso no es la lista de atributos —casi idéntica a otras confesiones reformadas de la época— sino el giro final: Dios no solo tiene bondad, es la fuente que rebalsa (overflowing fountain of all good). Convierte una definición escolástica en una imagen de manantial.
Confesión Gala / Confesión de La Rochelle (1559), Art. 1
Ver La confesión gala.
Confesión Gala, Art. 1
Creemos y confesamos que hay un solo Dios, que es una sola y simple esencia, espiritual, eterna, invisible, inmutable, infinita, incomprensible, inefable, omnipotente; que es sabidísimo, buenísimo, justísimo y misericordiosísimo.
Es la confesión de la que la Belga tomó el molde (Guido de Brès la usó como base). Lo notable acá es “inefable” (ineffable): reconoce, dentro de la propia definición, que Dios excede el lenguaje que se está usando para definirlo.
Segunda Confesión Helvética (1566), Art. 3 — “Dios en su Unidad y Trinidad”
Ver La segunda confesión helvética.
Segunda Confesión Helvética, Art. 3
Creemos y enseñamos que Dios es único en esencia y naturaleza; que existe por sí mismo y en todo se basta a sí mismo; que él es el eterno Creador invisible, incorpóreo, infinito, de todas las cosas visibles e invisibles; que él es el Bien Supremo, el viviente, que todo lo crea para vivir y lo mantiene; que él es todopoderoso, benévolo y misericordioso, justo y veraz.
De Bullinger. “El Bien Supremo” es una síntesis casi agustiniana/tomista dentro de una confesión reformada: Dios no es solo bueno, es aquello hacia lo cual apunta toda bondad.
Confesión Escocesa (1560), cap. I — John Knox
Confesión Escocesa, cap. I
Confesamos y reconocemos un solo Dios, a quien solo debemos aferrarnos, a quien solo debemos servir, a quien solo debemos adorar, y en quien solo ponemos nuestra confianza. Quien es eterno, infinito, inconmensurable, incomprensible, omnipotente, invisible; uno en sustancia y sin embargo distinto en tres personas…
Lo hermoso acá es el ritmo: antes de llegar a un solo atributo metafísico, Knox encadena cuatro verbos de devoción (“aferrarnos… servir… adorar… confianza”). La definición nace del culto, no de la metafísica.
Catecismo Menor de Westminster (1647), P. 4
Catecismo Menor de Westminster, P. 4
¿Qué es Dios? Dios es Espíritu, infinito, eterno e inmutable en su ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad y verdad.
La más citada de todas por su economía: en una sola frase, sin coma de más, condensa metafísica (Espíritu, infinito, eterno, inmutable) y carácter moral (santidad, justicia, bondad, verdad).
Confesión de Augsburgo (1530), Art. I
Confesión de Augsburgo, Art. I
…hay una sola esencia divina… y sin embargo hay tres personas… eterna, sin cuerpo, sin partes, de poder, sabiduría y bondad infinitos, Hacedora y Preservadora de todas las cosas visibles e invisibles.
La luterana del grupo. “Sin cuerpo, sin partes” (sine partibus) es un eco directo de la simplicidad divina tomista: vale la pena tenerla al lado de las reformadas para ver el mismo vocabulario escolástico compartido entre Lutero y Calvino.
Catecismo de Gracia Soberana (2024), P. 9
Catecismo de Gracia Soberana, P. 9
¿Qué es Dios? Dios es espíritu, eterno e inmutable, todo suficiente y todo sapiente, infinito en su ser, poder y perfecciones. Él es perfectamente santo, amoroso, sabio, justo, bueno, misericordioso y lleno de gracia.
Ver El catecismo de Gracia Soberana. Es, en esencia, el Catecismo Menor de Westminster reformulado para el siglo XXI: mantiene la estructura (“Dios es espíritu, eterno e inmutable…”) pero cierra la lista no en “verdad” sino en “lleno de gracia” —una firma apropiada para un catecismo con ese nombre, y coherente con el uso de Éxodo 34:6-7 como texto de apoyo en lugar de los pasajes más abstractos que suelen citar Westminster o la Belga.