I.7 — Amamos el mundo de Dios
Compartimos la pasión de Dios por su mundo, amando todo lo que él ha hecho, regocijándonos en su providencia y justicia en toda su creación, proclamando las buenas noticias a toda la creación y a todas las naciones, y anhelando el día cuando la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Dios, como las aguas cubren el mar.1
A) Amamos el mundo de la creación de Dios. Este amor no es un mero afecto sentimental por la naturaleza (que la Biblia en ninguna parte ordena), y mucho menos una adoración panteísta de la naturaleza (que la Biblia expresamente prohíbe). Más bien, es el resultado lógico de nuestro amor por Dios en el cuidado de lo que le pertenece. «De Jehová es la tierra y su plenitud». La tierra es la propiedad del Dios que decimos amar y obedecer. Cuidamos de la tierra, sencillamente, porque pertenece a quien llamamos Señor.2
Cristo creó, sostiene y redimió la tierra.3 No podemos decir que amamos a Dios mientras abusamos de lo que pertenece a Cristo por derecho de creación, redención y herencia. Cuidamos de la tierra y usamos en forma responsable sus abundantes recursos, no según las razones del mundo secular, sino por causa del Señor. Si Jesús es Señor de toda la tierra, no podemos separar nuestra relación con Cristo de la manera en que actuamos con relación a la tierra. Porque proclamar el evangelio que dice «Jesús es Señor» es proclamar el evangelio que incluye a la tierra, dado que el señorío de Cristo es sobre toda la creación. El cuidado de la creación es, por lo tanto, un tema del evangelio dentro del señorío de Cristo.
Este amor por la creación de Dios exige que nos arrepintamos de nuestra parte en la destrucción, dilapidación y contaminación de los recursos de la tierra y nuestra complicidad en la idolatría tóxica del consumismo. En cambio, nos comprometemos a una urgente y profética responsabilidad ecológica. Apoyamos a los cristianos cuyo llamado misional específico es a la defensoría y la acción ambiental, así como a aquellos comprometidos con el cumplimiento piadoso del mandato de proveer para el bienestar y las necesidades de los seres humanos ejerciendo un dominio y una mayordomía responsables. La Biblia declara el propósito redentor de Dios para la creación misma. La misión integral significa discernir, proclamar y vivir la verdad bíblica de que el evangelio es buenas noticias de parte de Dios, a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo, para cada persona individualmente, y también para la sociedad, y también para la creación. Los tres elementos están rotos y sufren por el pecado; los tres están incluidos en el amor y la misión redentores de Dios; los tres deben formar parte de la misión integral del pueblo de Dios.
B) Amamos el mundo de las naciones y las culturas. «De una sangre, ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra». La diversidad étnica es el don de Dios en la creación y será preservada en la nueva creación, cuando será liberada de nuestras divisiones y rivalidades producto de la caída. Nuestro amor por todos los pueblos refleja la promesa de Dios de bendecir a todas las naciones de la tierra y la misión de Dios, de crear para sí un pueblo tomado de cada tribu, lengua, nación y pueblo. Debemos amar todo lo que Dios ha escogido bendecir, lo cual incluye a todas las culturas. Históricamente, si bien la misión cristiana ha estado viciada de fallas destructivas, ha desempeñado un papel decisivo en la protección y preservación de las culturas indígenas y sus idiomas. Sin embargo, el amor piadoso también incluye un discernimiento crítico, porque todas las culturas muestran no sólo evidencia positiva de la imagen de Dios en las vidas humanas, sino también las improntas negativas de Satanás y el pecado. Anhelamos ver el evangelio encarnado y arraigado en todas las culturas, redimiéndolas desde adentro para que puedan exhibir la gloria de Dios y la radiante plenitud de Cristo. Esperamos el momento cuando la riqueza, la gloria y el esplendor de todas las culturas serán traídos a la ciudad de Dios, redimidos y purgados de todo pecado, enriqueciendo la nueva creación.4
Este amor por todos los pueblos exige que rechacemos los males del racismo y el etnocentrismo, y que tratemos a cada grupo étnico y cultural con dignidad y respeto, basándonos en su valor para Dios en la creación y la redención.5
Este amor también exige que tratemos de dar a conocer el evangelio en todos los pueblos y todas las culturas de todas partes. Ninguna nación, judía o gentil, queda fuera del alcance de la Gran Comisión. La evangelización es algo que fluye de los corazones que están llenos del amor de Dios para quienes aún no lo conocen. Confesamos con vergüenza que hay, todavía, muchísimos pueblos en el mundo que no han escuchado el mensaje del amor de Dios en Jesucristo. Renovamos el compromiso que ha inspirado al Movimiento de Lausana desde su inicio, de usar todos los medios posibles para alcanzar a todos los pueblos con el evangelio.
C) Amamos a los pobres y a los que sufren en el mundo. La Biblia nos dice que el Señor muestra su amor hacia todo lo que ha hecho, que defiende la causa de los oprimidos, ama al extranjero, alimenta al hambriento y sostiene al huérfano y a la viuda.6 La Biblia también muestra que Dios desea hacer estas cosas a través de seres humanos comprometidos con estas acciones. Dios hace responsables especialmente a quienes son designados como líderes de la política o la justicia en la sociedad,7 pero ordena a todo el pueblo de Dios —por la Ley y los Profetas, los Salmos y los libros de Sabiduría, Jesús y Pablo, Santiago y Juan— que refleje el amor y la justicia de Dios en amor y justicia prácticos a favor de los necesitados.8
Este amor por los pobres exige que no sólo amemos la misericordia y las acciones de compasión, sino que también hagamos justicia denunciando y oponiéndonos a todo lo que oprime y explota a los pobres. «No debemos tener temor de denunciar el mal y la injusticia dondequiera que existan».9 Confesamos con vergüenza que, en este tema, no compartimos la pasión de Dios, no encarnamos el amor de Dios, no reflejamos el carácter de Dios y no hacemos la voluntad de Dios. Nos consagramos nuevamente a la promoción de la justicia, incluyendo la solidaridad y la defensoría de los marginados y oprimidos. Reconocemos esta lucha contra el mal como una dimensión de la guerra espiritual que sólo puede librarse a través de la victoria de la cruz y la resurrección, con el poder del Espíritu Santo y con oración constante.
D) Amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Jesús llamó a sus discípulos a obedecer este mandamiento como el segundo más importante de la ley, pero luego tomó la orden dada en el mismo capítulo, acerca de amar al prójimo, y la profundizó radicalmente al decir: «Amad a vuestros enemigos».10
Este amor por nuestros prójimos exige que respondamos a todas las personas desde el corazón del evangelio, en obediencia al mandamiento de Cristo y siguiendo el ejemplo de Cristo. Este amor por nuestros prójimos abraza a personas de otras creencias religiosas, y se extiende hacia quienes nos odian, calumnian y persiguen, y aun nos matan. Jesús nos enseñó a responder a las mentiras con la verdad; a quienes hacen el mal con actos de bondad, misericordia y perdón; a la violencia y el asesinato contra sus discípulos con abnegación, a fin de atraer a las personas hacia él y para romper la cadena del mal. Rechazamos enfáticamente el camino de la violencia en la difusión del evangelio, y renunciamos a la tentación de tomar represalias para vengarnos de quienes nos hacen mal. Esta clase de desobediencia es incompatible con el ejemplo y la enseñanza de Cristo y del Nuevo Testamento.11 Al mismo tiempo, nuestro deber de amor para con nuestros prójimos que sufren nos exige buscar justicia para ellos a través de la apelación adecuada a las autoridades jurídicas y estatales que funcionan como siervos de Dios para castigar a los malhechores.12
E) El mundo que no amamos. El mundo de la buena creación de Dios se ha convertido en el mundo de la rebelión humana y satánica contra Dios. Se nos ordena no amar ese mundo del deseo pecaminoso, la avaricia y el orgullo humano. Confesamos con dolor que precisamente estos signos de mundanalidad muy a menudo distorsionan nuestra presencia cristiana y niegan nuestro testimonio del evangelio.13
Nos comprometemos nuevamente a no coquetear con el mundo caído y sus pasiones transitorias, sino a amar a todo el mundo como Dios lo ama. Así que amamos al mundo con un anhelo santo por la redención y la renovación de toda la creación y de todas las culturas en Cristo, la reunión del pueblo de Dios de todas las naciones hasta los confines de la tierra, y el fin de toda destrucción, pobreza y enemistad.
Footnotes
-
Salmos 145:9,13,17; Salmos 104:27-30; Salmos 50:6; Marcos 16:15; Colosenses 1:23; Mateo 28:17-20; Habacuc 2:14 ↩
-
Salmos 24:1; Deuteronomio 10:14 ↩
-
Colosenses 1:15-20; Hebreos 1:2-3 ↩
-
Hechos 17:26; Deuteronomio 32:8; Génesis 10:31-32; 12:3; Apocalipsis 7:9-10; Apocalipsis 21:24-27 ↩
-
Hechos 10:35; 14:17; 17:27 ↩
-
Salmos 145:9,13,17; 147:7-9; Deuteronomio 10:17-18 ↩
-
Génesis 18:19; Éxodo 23:6-9; Deuteronomio 16:18-20; Job 29:7-17; Salmos 72:4,12-14; Salmos 82; Proverbios 31:4-5,8-9; Jeremías 22:1-3; Daniel 4:27 ↩
-
Éxodo 22:21-27; Levítico 19:33-34; Deuteronomio 10:18-19; 15:7-11; Isaías 1:16-17; 58:6-9; Amós 5:11-15,21-24; Salmos 112; Job 31:13-23; Proverbios 14:31; 19:17; 29:7; Mateo 25:31-46; Lucas 14:12-14; Gálatas 2:10; 2 Corintios 8–9; Romanos 15:25-27; 1 Timoteo 6:17-19; Santiago 1:27; 2:14-17; 1 Juan 3:16-18 ↩
-
El Pacto de Lausana, párrafo 5 ↩
-
Levítico 19:34; Mateo 5:43-44 ↩
-
Mateo 5:38-39; Lucas 6:27-29; 23:34; Romanos 12:17-21; 1 Pedro 3:17-22; 4:12-16 ↩
-
Romanos 13:4 ↩
-
1 Juan 2:15-17 ↩